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Aura azul.

La luz que entra por debajo de la puerta es terminal. Tú no estás, aunque eso no sea nada raro. No siento los pies. Estoy sudando y tengo frío a la vez. Extiendo el brazo para encender la luz. Extiendo el brazo para encender la luz. Mierda.  Otra vez. Cálida bienvenida al mundo de las estatuas durmientes. En mi menor. Cuento los segundos que faltan para que llegue el pánico. Bienvenido.  Por supuesto que hay una mano reptando hacia mi rodilla. Aunque no la vea.  Puedo sentir el aliento de "eso" en mi nuca.  "Eso" tiene una anatomía extraña. Fluida. Puede estar en todas partes y en ninguna a la vez. Vamos. No seas trenca. Mueve los dedos de los pies. Mueve los dedos de los pies. Joder. Los de las manos, mueve los dedos de las manos. Dios, para no poder sentir el cuerpo, juraría que algo me está tocando la espalda. Concéntrate.  Meñique. Mano. Derecha. Qué maravillosa me hacen estas mierdas. Como haya un monstruo de verdad en tu lado de la cama, de esta se me llev...

Rosas.

Era un domingo más, de esos que te enfrían las puntas de los dedos de los pies de manera irremediable y te secuestran, a punta de estalactita, en la cama.  Y aunque no es muy difícil mantenerme a mí entre mantas, ese día, la oferta no era tan suculenta como de costumbre. Así que salí.  Y la calle que me encontré no era la calle de siempre, los colores eran más vivos y pareció que el frío se había quedado en tu lado -vacío- de la cama.  Recorrí el camino que hago siempre de jueves a domingo, ya sea de ida o de vuelta, hasta el mismísimo agujero negro que me pega los pies al suelo a cambio de volarme los sesos. Menos mal que tengo muchos. Cuando quise darme cuenta y por primera vez en la existencia, estaba bebiendo ron y la canción no me sonaba, llegó quien debía llegar y tú bailabas conmigo. Miré el reloj sin querer. Las siete de la tarde me hicieron darme cuenta de que estaba soñando; cuando piensas demasiado en algo, te contamina el tiempo onírico y yo creo que también l...

Ayahuasca.

Me pesa la cabeza. Me hunde. Me clava al suelo. Gravedad. Órbitas. Vacío. Las ideas que tienes se pudren entre los límites que te impones. Surges, y sufres, al ritmo de mis canciones. Nébula. Orión. Caleidoscópicas las ilusiones que me metes entre los dientes, donde todo chirría, donde todo se siente. Cartuchos vacíos.  Balas huecas. Pólvora seca y traición putrefacta. Quiero verte caer entre sábanas y mantas, cólicos yermos entre lo que dices y lo que matas. Quémame la piel con ácido y yesca, que no me quede nada de lo que ayer  se quebraba.

Pétalos.

Esto no es tristeza. Esto no es necesitar a alguien que te sepa escuchar. Esto no es cuestión de palabras. Esto es lo que soy ahora. Y no se puede cambiar. Evolucionar es la ley innata,  que no se escapa, ni se asusta cuando de alguna manera siempre sacas la carta más astuta. Lidiar con la abstinencia es lo peor de tus drogas, porque que me operen a dolor es admisible, pero tú tienes que avisarme antes de tirar, porque esta tirita es como una presa de piel, carne y hueso, que frena y disipa la presión de lo que hay debajo, de lo que nadie quiere ver, de la cicuta que corre por mis venas. Nada crece si no lo riegas. ¿Habrá rosas en Júpiter?

Tumba.

Todas las cosas bonitas pasan en un extremo de la línea que, un dia tras otro, te empeñas en trazar. Y en el lado opuesto estoy yo nadando en mi propia sangre que solo existe para escribir esta mierda.

Azufre.

Siempre llego a los lunes con muchas situaciones que analizar entre sien y sien, como una ensaladilla rusa llena de cosas aunque solo importen las patatas. Cambio como el tiempo, por estaciones, aunque ya no mucho porque tú sigues plantando eucaliptos donde yo ardo. Caminas despacio, sin rumbo y sin pausa. Acechando a lo que siempre se te acaba, lo que nadie puede darte y solo tú puedes quitarte. Te gusta bailar como Fred Astaire, pero no te gusta el claqué, así que te quedas quieto y vacío sopesando cuál es la manera más rápida de anestesiarte. O de matarte. Ya depende. Los martes no suelo funcionar muy bien, se me llena el estómago de bilis y tiendo a comer más aire que de costumbre, más que ayer. Siempre me caigo de la cama cuando sueño y siempre sueño que me caigo de la cama. He llegado a la conclusión de que, como dijiste, mis esencias están en las caídas. No me gusto si no respiro, se me pone la cara roja y se me hincha el bazo pero alguien me dijo...

Girasol.

Ay, alma mía, cómo voy a salvarte si cada vez que te miro, te tiras. Que entre terribles visiones me muevo, me desplazo, buscando lo que nunca consigo, lo que siempre es nuevo. Ay, despertares perdidos, cómo voy a buscaros, si todo lo que me dais, lo acabo desperdiciando. Cambias y cambias, de primavera a enero, desapareces de mis calles escondiéndote en mi cuello, delator, roto y muerto. Ay, luz desmedida, no me quites, por favor el veneno que  mi garganta ansía.

Over.

Soy la cara de algo roto, soy la cara de algo muerto. Me das la espalda cada vez y sigues sin titubear hacia el inevitable ocaso de lo cómodo. Soy la cara de la que huyes, soy la nuca que te atisba. Obligada a ver el daño que has hecho cada día en cada muslo, en cada pulso. Soy la cara del abandono, soy la tez del veneno. Te estoy viendo arder antes de tiempo mientras me arrancas las costras para que siga fluyendo tu opera prima. Soy la cara que me dejas, soy tú.

Gardenia.

Que me tengo que tapar los ojos cada vez que necesito verte, calzarme deprisa y estar siempre lista para correr por si, de repente, te da por mantenerme la mirada durante más de un segundo, por si verte oscurecer siempre que aceleras el paso hacia la dirección contraria deja de cortar. Demasiado vieja para liberarme y escapar, me descubro encadenada a tu calavera sin sesos, desnutrida y sin aliento, mis heridas se desgarran en contacto con el viento y mis lenguas se disparan al remolino de tus huesos cayendo, cayendo y cayendo para no llegar a nada. Y mientras mi cuerpo convulsiona sobre el suelo tú bailas en círculos, celebrando, con tu pequeño y arrugado corazón, una victoria sin término a la muerte rapaz.. Muéleme, tritúrame, deshazte de mis precipicios, y camina conmigo.

Dientes.

Se que volverás cuando todo tienda a irse, escupiendo en cada esquina el poco humo que no llegas a inhalar. Pero es seguro decir que el viento lo generas tú, silbando y rozando, desintegrándome en compases alternos. El quizás es la norma que te rige, la cama sin hacer y los zapatos sin alinear, el armario demasiado pequeño y los alveólos tan rotos que apenas se alteran cuando drenas toda tu ponzoña en mí. En trance. Mis restos se disuelven en trance. En esta ocasión es tu sangre la que hace de tinta, y la mía te observa pegada, como siempre, a las baldosas que cansinas rebosan la ira que no canta, solo solloza escurriéndose entre los caminos que dejas vacíos. Nútreme con los restos, las sobras que sé que custodias a capa y espada, dejando al águila al nivel del buitre, arrastrando cada pluma por cada cisma de tu espalda. Siento que no interfieras, cuando las cosas van mal, sí que q...

Mariposa.

Me ha resultado muy difícil llegar a este punto y lo cierto es que he estado en él mil veces. Bajo en influjo de la misma canción y emanando el mismo efluvio que tu cadáver descomponiéndose en mi hemisferio izquierdo. Por qué tanta intuición para lo que no hace falta y tan poca para el pozo. Te juro que aún no me has visto, aunque a estas alturas, mi médula es tuétano sólido, la sangre se me revuelve entre aurícula y aurícula cada vez que te oigo pasar por detrás de mí. Quizá el coma sea la tierra prometida. Quizá decir adiós no te cueste nada. Cerradme. Adiós.

Amapola.

Quisiera ser capaz de despegarme el desarraigo es la meta más aún desde que lo dejé todo ahí abajo contigo, desde que destruí el medio y el preludio, dejando de perder tiempo y centrándome en los principios, y en tu final. Me gustaría desahuciarte, tirarte al agua, sin pensar en hasta dónde puedes salpicarme, verte desembocar en el mar y enredarte con las algas comprobar, al fin, que ni siquiera la muerte puede morir. Calada y trago, la barbilla hacia arriba a más velocidad que una canción por párrafo, más rápido de lo que huyes; quítame las gafas y desnúdame mientras me dices lo de siempre porque mientras tú mismo te encarcelas, yo sigo siendo aire.

Caléndula.

Ya me dirás qué tengo que hacer, ya que yo no tengo acceso, podrías contarme qué viene ahora según tu guion. A parte de lágrimas, idas y venidas. Espero morirme antes de que tus consecuencias me pongan la mano encima, antes de que me empapeles los párpados, la espalda y las manos con lo que no sabes pronunciar. Y de vuelta al hoyo. Centrípeta para siempre. Polilla y bombilla. ¿Cuánto vino tienes que tomar para mirarme a la cara?

Estátice.

Hace algunos años decidí darme cuenta de que la única manera de saber, era dejar de estudiar. Que cederte mi voluntad era el camino más fácil hacia la estabilidad que con tanta desesperación me quitas. Sujétame. El delirio de grandeza que llevas a todas partes está empezando a pesar un poco más que tú. Y crece y crece y no sabes frenar lo que no sabes quemar. 451. Agárrate fuerte. Que solo si tiembla el suelo te entiendo. Cuando llueve y repercuten las gotas y truenos en mí. En la ruptura de las entrañas que ya no tienes. Sostén mi vino. Mientras me desato el alma y me dejo inhalarte entre trago y calada. Atrévete a caer, porque te siento tanto que no puedo ni decirte buenas noches.