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Dientes.

Se que volverás cuando todo tienda a irse,
escupiendo en cada esquina
el poco humo que no llegas a inhalar.

Pero es seguro decir que
el viento lo generas tú,
silbando y rozando,
desintegrándome en compases alternos.

El quizás es la norma que te rige,
la cama sin hacer y los zapatos sin alinear,
el armario demasiado pequeño
y los alveólos tan rotos
que apenas se alteran cuando drenas toda tu ponzoña en mí.

En trance.
Mis restos se disuelven en trance.

En esta ocasión es tu sangre la que hace de tinta, y la mía te observa pegada, como siempre, a las baldosas
que cansinas rebosan
la ira que no canta,
solo solloza
escurriéndose entre los caminos que dejas vacíos.

Nútreme con los restos,
las sobras que sé que custodias
a capa y espada,
dejando al águila al nivel del buitre,
arrastrando cada pluma
por cada cisma de tu espalda.

Siento que no interfieras,
cuando las cosas van mal,
sí que quieres fronteras.

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