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Legión

Nadie navega por la calma del otro, del movimiento nacen las tormentas, estremecimiento irresistible de la misma tierra que domina tus pasos. Ego sum bellum! Nadie sabe a lo que se enfrenta, y sin más, emprenden cálidas idas que terminan en gélidas venidas. Ego sum bellum! Nadie puede verte subir si su propio ascenso  es la neblina misma que cubre sus ojos. Ego sum bellum! Nadie desafía a la misma muerte que robará de tus labios tibio suspiro, término de una vida fatal. Ego sum bellum!  Porque mis células, ya no están en tus células. Y tus dedos nunca han tocado mi sed.
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Asphodelus.

I know you see me, you've seen me undiluted in this salty sheets never to be heard, or loved, or believed. Blue, blue used to be your word, your prohibited glare of confusion, now it's blank, bland,  the death of illusion, the awaited lack of delusion. I once allied to the light, like a moth to your flame, hypnotized by the beauty that lingers in the ashes, ashes you dared to call yours when, in reality, they where these very wings torn apart, burnt, beneath the brutal smell of this breeze that won't kill me, nor free you. Red, my hands, my arms,  my neck, my body, wrecked, only debris to be carried away by your careless blows, punches of ignorance, expecting me to fall  again, right into your bed, too broken,  too silly,  too narrow. But I've found myself again,  right where I belong, in the center of this vortex, the eye of the hurricane, where all my voices sound at once, where all my senses come to fight, we are here, we hear the brittle pieces of your maps collide,

¿Quién?

Suenan, no las ves. Hace tiempo que se fueron a sitios con más gente, con más luz, con más. ¿Es esto vivir? Ver a otros avanzar mientras tú  sigues siendo la red que espera para salvar, de fatídico golpe mortal, la nuca de quien solía acunarte. Ya no te miran, ya no te ven, escurridizas son sus mentes cuando se escudan en su nuevo lugar, donde no hay  ya hueco  para nadie más. Y tú, no has dejado de ser quien siempre acude al llamado  de quien necesita aire, calor, amor, odio, dolor, sabor. Quizá debas buscar tú también, un pequeño rincón donde todo funcione. Donde no hagan falta calzadores ni imperdibles. –Quizá deba crearlo, utilizaros a todos como combustible, veros arder por una vez desde el otro lado mientras  con mi jaula ignífuga me deshago de todo resto de humanidad que algún día me hizo madre, mujer y amiga–.

Cicuta.

Tuve que dejarte morir verte desaparecer por el sumidero de esa bañera  que nunca llenas. Me hice más daño del que puedo ser consciente. Vaso tras vaso, entre copas y soslayos no pude aguantarlo, fue suficiente. Con un cincel en la nuca colgado, sin que suba, tu cuello explota en esquirlas manchándolo todo con la misma bilis que tu garganta ya no deja pasar. En mala hora, con mala estrella también, estampaste esa vista tuya entre mis dos sienes creyéndote con el derecho  de remover aquello que estaba durmiente, latente, sangrante y caliente. Más que tu sangre, más que tu mente. Nadie sabe lo que callas, pero incluso sin vocalizarlo dices las palabras que tu esternón necesita drenar, soltar y liberar en una ventisca sin precedentes que se nos lleva, se nos lleva consigo. Esos ojos tuyos, ojos vacíos e intoxicados con un veneno fabricado de frío y odio prensado, no voy a mirarte más, solo voy a verte por aquello que enseñas a quien jura conocerte.

Hiedra.

Vete más despacio, a penas amanece y ya estás corriendo en pos de cosas que nadie puede alcanzar. Perfección, paz, inconsciencia y despertar. Lo di todo porque te sintieras querida, porque todo este amor fuese capaz de ponerle fin a tu ira,  pero cual diente de león te aferraste a este suelo decidido a ser plaga, virus y desasosiego; víctima violenta de un destino devorado. Pero como toda flor, olvidaste que marchitarse forma parte del proceso que desaparecer  ahora es tónica inevitable en un lugar donde ya no quedan ni abejas, ni agua que beber. Te asusta el lugar que se esconde entre lo vivo y lo muerto y te escondes en las esquinas de aquella cama donde yo solía sangrar, tú  y ese algo ese algo que se oculta dentro de todos, escurridizo, sediento, oscuro, decidido a no dejar carne ni hueso para que lo que siempre sufre, no tenga escapatoria, en bucle, en este purgatorio de almas sin memoria. Vivir es tumultuoso,  caótico, tu mundo se derrumba cual torre de Jenga cada vez que mueves

Crisol.

La edad penetró en tus huesos antes de lo que debía, con más consecuencias, con menos desdichas sin saber y sin conocer el placer de dejarse ser. Cruce de caminos, carreteras solitarias, aires del norte y pétalos al viento, con cada paso que das vas perdiendo el aliento. Tiene que ser agotador, seguir el ritmo de quien desgarra su propio color, de quien no ama por miedo a ser amado, del que rehúye la mirada sincera en pos de la cómoda, oscura y fría tranquilidad de lo que conocen estos ojos que no están dispuestos a ver. Siempre solías decirme, que no hay muerte más grande que mantenerse vivo con el agua al cuello, cansado, quemado por el sol porque hundirse es terrorífico, pero la belleza, y el impulso, habitan también debajo de estas aguas. Ojalá los años hubiesen llegado de otra manera, ojala tus huesos siguiesen sonando graves, lentos, como el fuego crepitante del que con tanta calma te alejas. Cuidado con el temporal, porque si tuviese que morir dos veces, sé que el hielo también

Singularidad.

He sangrado en este suelo. He sangrado en este suelo. He sido cuchillo, cristal y tijeras pero también gasa,  tintura de iodo y punto de aproximación. Para ti todas las flores, las mullidas y las que crujen cuando  sin hacer mucho ruido te dejas caer de espaldas justo donde no debes.  Más veces de las que recuerdo me he obligado a interponerme entre tú y el lacerante filo que te separa de saber lo que no quieres oír. Te he curado en esta cama. Te he curado en esta cama. Con media veintena de años deduje que era un volcán, de los que explotan por todas partes desdibujando lo que es en sí, eliminando todo rastro de vida circundante. Es como trazar una línea tosiendo, partes de mí han vuelto y otras se tuercen decididas a abandonar esta tangente que solo conduce a tu fuerte vacío, solitario. Inerte. Ojalá pudieras verte como yo te veo, como tú te sientes cada vez que tus párpados abandonan esta órbita estupefaciente.

Por las mañanas.

Por las mañanas, cuando tengo los labios hinchados y las caderas un poco más pequeñas, me miras vulnerable mientras haces que tu puño vuele certero hasta mi lado izquierdo del cerebro ese que piensa, y gira escrutando una y otra vez las cosas que no admites, que se vuelven cancerígenas y se te llevan consigo de viaje con Caronte para ver quién coge el remo primero. Calculas todos mis movimientos con precisión matemática, abscisas y coordenadas convergen en el mismo punto en el que mi mente confinada y deshidratada se dedica una vez más a no ser mala, a entender allí donde los demás generan incendios, donde la tormenta ya no es un mal augurio sino la promesa de un amanecer mejor. Pero la variable que omites es que yo estoy harta de ser un suceso previsible, de actuar acorde al rol que has decidido asignarme. Hace 18 días, se me quedó pequeño el molde angosto en el que decidiste introducirme, lo suficientemente afilado y apretado, del tamaño justo para cortar y asfixiar sin llegar a mata

Vainilla.

Muchas naves espaciales tienden a arremolinarse alrededor de lo que no deben tapan soles, estrellas y luces que se proyectan sobre lo único que es cierto, nublando así todo lo que crees saber, todo lo que llena tu boca cargada de plomo lacerante, tóxico, con trazas de lo que nunca te has atrevido ni a admitir, ni a pensar. Nuestra historia se escribe con traición y pólvora, en perspectiva equiparable desinteresada por mi parte y auto flagelante por lanzarme al abismo que no mira, solo vacía  al oyente que lo escruta. Quisiera contarte que la vida son puñales pero tú ya no quieres que me escuchen porque tu narrativa cubre a mi poesía, es más fácil, más sencilla, más directa y más precisa. Pero mis ojos de cristal no están dispuestos a dejar de ver, ni tu espalda lo está ante la tónica que te has impuesto de dejar de mirar,  ni correr ni andar te alejarán del núcleo al que perteneces ese que está por debajo del suelo sobre el que te precipitas cada 168 horas. No hay sustitutivos para lo

Lucero.

Te he perdido la pista.  Poco a poco, caminas en el sentido opuesto al núcleo que te mantiene fijo al suelo. Sueño inacabado de noches de verano que se precipitan obtusas al vacío, a la negrura infinita, incapaces de adaptarse a la bofetada y al giro. Miro por la ventana y ya sabes qué veo moradores de funerales, lágrimas falsas, zapatos aguados y ojos secos, deambulando detrás  de quien ya no está. No manejo bien esto, no te cuento nada que no sepas por si acaso, no vaya a ser que te acuerdes de cuando dije lo obvio y casi nos dinamito. Directos al abismo, pero sin mirar detrás, más arriba, más abajo, donde el río, donde desde hace tiempo se cruzan unas piernas que no son las mías. Las canciones que escucho son las mismas, como una chincheta clavada en Arkansas, un plan inconcluso que se entretuvo en el limbo de olvidar, un momento en el tiempo congelado en trocitos pequeños, en placeres cotidianos que si no cuidas, se esparcen derretidos por debajo de la piel  adhiriéndose a los lati

Capricho.

Parece que decía de broma lo de que no puedo conmigo y al final el comentario arbitrario de sabor amargo se ha convertido en concesión inconclusa sin término a la muerte rapaz. Qué poco dura lo que importa. Y cuánto tiempo te pasas dando vueltas alrededor del mismo foco, cual polilla beoda que no centra bien el vuelo, justo para que te corten la luz en las narices. Calderos de agua fría que caen, gota a gota, por la espina dorsal, dan la vuelta y cruzan hasta la yugular. Vete tú a saber qué coño quieres decir cuando no hablas. Cuando clavas tu pupila transparente en mi cara vacía y te llevas lo poquito que queda de mí. Los primeros coletazos de este año que se precipita hacia el abismo fueron incapaces de noquearme. Sobreviví a febrero sin ganas, pero la luna entró en su lugar favorito para la hecatombre y se fue todo a la puta. Te voy a decir la verdad una vez más, que sé que no te gusta, que te desenvuelves mejor entre ilusiones fugaces que te protegen dentro de tu célula marchita he

Fresas.

Todo lo rosa es bonito y aunque el rojo me defina mucho más siempre hay algo bonito en diluír las cosas. Cuando me tenía dentro, mi madre se alimentaba de fresas. Fresas con leche, con yogur, con agua y azúcar, con miel,  con chocolate, con zumo de uvas y pan. Caja tras caja entraba por la puerta y caja tras caja devoraba mos. Poco después, mi abuelo enfadado por mi existencia hasta el instante preciso que me vio de lejos, empezó a plantar fresas. Los hombres tienen maneras muy enrevesadas de expresar lo que sienten, consecuencia, imagino,  del movimiento boys don't cry que tanto les gusta  y que tanto les protege. Cuando tenía 4 años yo ya sabía hacer un rego, correteaba quemándome al sol mientras Mel intentaba atarme un pañuelo con cuatro nudos en esta sorprendentemente grande cabeza que heredé de otro hombre. Rápido "Machor" me destinó al cuidado, riego y recolecta de las fresas para mamá. Las pequeñitas para mí.  Otro día "Masilor" me enseñó a apañar las pat

Metamorfosis.

Siempre quise ser volcán mandarlo todo a la mierda y erupcionar cada vez que la superficie se quede sin nada a lo que amar. Libreta tras libreta, pasaba todos los apuntes a limpio cada vez que manchaba, rompía o garabateaba inconscientemente una hoja. En la vida no puedes hacer lo mismo. Obligada a acarrear con erratas y traspiés, mis archivos nunca están limpios, nunca están perfectos, nunca son válidos. Hasta que, por narices, tienen que serlo. Bailar bajo la lluvia, te moja los pies y a veces los calcetines, comer huevos fritos con camisetas de todos los colores y solo mancharse cuando vas de blanco es la pimienta, la sal, el ajo y el vinagre de la existencia. En la mancha vive la experiencia, y en el dedo gordo del pie el equilibrio insostenible capaz de rasgar las medias. Soy volcán sin querer, soy la erupción que nadie ve. Magmática es mi calma para aquel que la prevé.

Sienes.

Quizá fuese otro de mis rollos. Culpa de mis expectativas que, a veces, se sorprenden a sí mismas. Quizá tú no seas más que las prisas por llegar, que el pánico de abrirte en canal. De los días yuxtapuestos, de las noches al revés, me quedo con que te despertabas cuando yo me acostaba y esas seis gotas pares de leche de avena que le echabas al café. Miro hacia todas partes y veo trocitos de mí regalados, esparcidos, allí donde no hay méritos más allá de la cicuta. Qué pena, qué suplicio, verte desprovista de todo lo que te hacía tú, de todo lo que era casa y muralla. Lo más probable es que no sea culpa de febrero, traerdor inevitable de desgracias, lo más probable es yo salga de aquí, que mis hojitas vuelvan a crecer donde tu Monsanto interior  se dedicó a echar sal, que las palabras de mi abuela, se pierdan en el tiempo, como los cocodrilos en tus lágrimas. "A vida é triste. Yo a veces te busco, te busco porque necesito cariño. Y tú me corres. Y yo me marcho".

Respirar.

Es una pena. Ojalá vieras las cosas con la nitidez que otorga no tener  nada que perder. Todas estas gafas nuevas que desvarían me dejan enfocarte desde ángulos desconocidos, ver tu máscara destartalada sobre un traje de carne nuevo cada día. Has dejado de encontrarte.  Hace mucho que no te ves. Yo me desilusioné mucho, ya lo sabes, con tus "ya voy" y tus "no llego", me quité, te lo prometo, de en medio.  Era lo fácil,  camino que escogí imitándote por primera vez.  Seguí tus huellas y te lo anticipo, no me gustó adónde llevaban. Tus países nublados solo son bonitos cuando hablas de ellos y no para asentarse y vivir. Como tu cara. Tu carita rota. Putrefacta. Esa que vi por primera vez hace unos días enroscada en un cuerpo que ya no reconoces como tuyo.