miércoles, 21 de junio de 2017

Fate.

No me hacen mucha gracia las predeterminaciones. Es como que destrozan todo a su paso. Le quitan el encanto todo a las cosas. Mirad Jesús, acabó en la cruz por una de estas.

Bajo mi punto de vista, las profecías dejaron de estar de moda en el Renacimiento.
Nostradamus nos dio pal pelo para qué negarlo. No sé si me hace más gracia el fin de el mundo o yo diciéndoos lo que está de moda y lo que no. De algo hay que morir ¿cierto?
Que esa es otra, vaya trolas que soltaba allí el Michel -he buscado el nombre de pila de Nostradamus en Google- tanto intentar vaticinar tragedias y luego no daba ni una, se equivoca de año y de década y aún así le dábamos todo el bombo y luego nos quejábamos de que se lo tuviese tan creído, pues perdona que te diga Miki, pero yo hace diez años aún no sabía que existías y no es lo mismo poner en un examen de historia que la Revolución Francesa empezó en 1799 porque empezó diez años antes. Te prometo que no. Te lo predigo. ¿Lo vas captando? Acepta los errores.
Pero no te vengas abajo. Creo que la clave está en que le des un enfoque diferente a tu trabajo. Explica cosas más simples o dictamina acontecimientos más banales porque tanto apocalipsis cansa. Un poquito vale, pero los cántaros se rompen de tanto ir a la fuente. Aquí la única autorizada para repetirme con mis ansias de inexistencia soy yo.
Ahora explícame por qué el ácido sabe ácido y cómo se sabe si algo que sabe ácido es actually ácido. Quiero respuestas. Deja de coaccionarme con predecirme tragedias que ya voy servida para dos vidas.

Y tú, mira, tú que te empeñas en decirme lo que quiero y lo que no porque, evidentemente, lo sabes mejor que yo y a mí me conviene hacerte caso debido a mi escasez de juicio, a ti te vaticino escribir frases motivacionales hasta el fin de tus días.

Qué fatalista. Soy Nostradamus.