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Narciso.

Me anestesio de forma constante. Todos los días son una basura recalcitrante que yo misma me sirvo en el plato para dejar que disfrutes de la azarosa tarea que reside en intentar empujar semejante bazofia existencial hacia abajo y por mi esófago. Como Malcom McDowell, maniatada y estupefacta mientras me suministran mi propio trauma con un catéter. Y no, no me gustan las tiritas. Que hagas mella sobre la malla inquebrantable que me refugia me pone de malas. Creo que mis venas son bonitas. Son azules y pequeñitas, frágiles como las que más, se rompen y convulsionan sobre el suelo corrupto que es mi piel. Las de casi todo el mundo son verdes. Lento y doloroso, evitando el tirón, Erik Satie me dice que me deje de melodramas, que él lo pasó mil veces peor. Y en mi menor. Por lo menos no estoy sola, siempre me acompaño para verme caer y tropezar porque, sí, ya estoy de bruces sobre el charco antes de que llueva. Con las pesta...

Cristantemo.

Crisantemo. No te lo pierdas, tiemblas y te retuerces como una lombriz sobre el asfalto en pleno agosto, perdido y sin rumbo, dándolo todo y perdiendo más. Todo va de ti, no hay tablero porque el tablero eres tú aunque ni siquiera te hayas parado a cuestionarte, aunque la nada siga avanzando sin ti. Puedo evadirme y escaparme, apagar y encender partes de mí, dejándome a mí y dejándome a ti. Pero esto tiene que morir, tiene que parar, que quedarse debajo de alguien que no seas tú. Y puede que ella llore, y puede que me desquicie, ¿pero por qué tienes que mentirme y no vengarte hasta que no cosechas lo que siembras? Y puede que ella resurja, y reclame el suelo que ocupas, el aire que usurpas, el vacío que irradias. Y puede que ella se me lleve consigo, ¿pero qué sentido tiene bailar con zapatos?

Acacia.

Parte de mí se quedará siempre contigo, rindiendo pleitesía a tu esternón. No sigue ya mis órdenes, y de tanto invocarla he perdido la voz. Como un brazo amputado, dando coletazos incluso cuado la sangre no fluye por él, así eres y así soy. Sedientos y ojerosos, en busca de lo que solo trae desgracias, de las vides y de las sentencias. Y mientras me digo lo mismo cada mañana, tú me preguntas que qué será de mí si ni el fuego para esta hemorragia.

Boreal.

Soy casa para ti, soy la luz verde al otro lado del lago. Como guía y como faro, refugio a todos excepto a mí. Sangro a destempo, la hiedra corre por dentro de mis venas intentando colonizar lo poco que has dejado sin mácula, bajo hipnosis y rabia. Entre tus costillas vivo yo, y aunque no puedas oírme -nunca- siempre canto contigo, escuchando las únicas partes de ti que solo se sienten desde dentro. Me ahogo cada vez que lloras, incluso cuando no te dejas, incluso cuando no lo notas. Tu conciencia es un hierro al rojo vivo, que desvía a todo lo que intenta entrar menos a mí. Yo ya estoy dentro.

Ópalo

Mi mera existencia es una involución para la especie. Soy el sujeto débil del que habla Darwin.  Si os hablase de mi suerte, la pasión de Juana de Arco os parecería cosa de niños; siempre me caigo y cada vez peor. La irregularidad de los terrenos por los que me muevo me está dejando sin pies y los suelos solo los siento con la cara. Siempre me topo con lo que no quiero ver.  Delante de mis narices, pasando desapercibido e inequívoco, trazándose sobre la única trayectoria en la que no se me ocurrió pensar.  Las tangentes se me dan mal así que de nuevo, siempre me escapo mal. Condenada, como Ícaro, a quemarme como fin. A subir para bajar. Y, del mismo modo que la lluvia fue creada para caer,  tú has nacido para matarme, y yo para morir. Quizá ella conduzca.

Felino.

He lidiado con cosas que tú no podrías soportar. Conflictos y contactos horribles que abruman a la minoría de momentos felices. Que aun así existen y se enquistan como espinas bajo el abrasador roce de la cámara y de la bovina que los repite y rota sin poder parar. Vida es ciclo y circo es vida. Como payasos sin nariz bailando al ritmo de mis espasmos, de tus orgasmos y pequeñas muertes que suceden y se mecen mientras haces sonar a lo que no tiene voz. No quieras que quiera seguir así. Oculta entre agujas y serrín, siendo el vómito del olvido que impregna tu almohada de olor a vino.

Estertor

Nunca paro de pensar. Mi mente es un vórtice, una convergencia de veneno que yo misma me inyecto sin saber parar. A mil por minuto y sin líquido de frenos. En ti casi siempre pienso. Y entre lágrimas y truenos, veo cómo se te traga tu propia estrategia. Y no te gusta irte a pique. No recuerdo la última vez que dormí bien. Me amenazas por las noches con hacer lo que siempre haces, como si fuera la primera vez. Es inútil la espera, es cobarde, es incierta. Hay algo que se esconde detrás de ti, y con un silencio sepulcral, se ciñe a tu espalda arrancándote la piel del cuello a mordiscos. Oscura y firme se desplaza la ternura del olvido. Accede a mí, a través de cera y vino. Elige siempre el menos transitado, no sigas las huellas torturadas de otros huracanes. Camina, caminas, camino. Destrucción del sentido, hacia abajo, a besos. Y conmigo.

Digital.

Tengo dos tobillos, los dos se han roto incontables veces. El suelo ofrece estabilidad. Lo único decente de tener residencia fija en el fondo de todos los pozos existentes es que, al menos, no se te puede hundir más. De momento. Tengo dos ojos, que se abren cuando te vas y se cierran cuando estás. Me gusta sentir calor en las mejillas aunque mi anemia no me lo permita. Me gusta dormir sobre almohadas más rígidas que tus costillas aunque esté determinada a morir entre ellas. Tengo dos caderas, que sueñan con adaptarse a tu espalda, a las incisiones en el éter que deforma sus curvas. Empecé a bailar hace poco. Ya sabes por qué. Y con Leonard Cohen bailo mejor. Tengo dos manos, feas, diminutas, imprecisas y débiles. Y para ellas todo es arena y todo se escapa. Oídos tengo tres, pero solo los uso a la vez para escucharte cantar. Muñecas de cristal, pies de mantequilla, labios cortados, muslos cortados, brazos...

Índigo

Estamos igual de podridos, pero el destrozo es bonito. Te pegas como la sarna, como los chicles y los dejes, actúas como disolvente a conveniencia, evitando riesgos y rasguños cuando a mí, no lo evito, me gusta mancharme, pisar sobre granito solo para descubrir el barro que te sostiene. Babel se vino abajo por ego y no por cimientos. Baila, baila, baila, baila sabiendo que nunca se te desordenarán las entrañas; lo que no se tiene no se rompe. Guíñame, estaré mirando a la luna solo para verte a ti.

Cristal

Me voy a querer ir. Pronto. Diluirme como el humo que te sale de los poros. Despiértate. Te estás ahogando. Despégate de la irritante ausencia de tu ruta. Antes de que se desaten los infiernos, conseguiré decirte que inspirar es tu fuerte, que si consigues también que el aire escape, dejarás de arder. Cantaré siempre las mismas canciones. Esperando que algo cambie. Sin que yo tenga que actuar como variable. Voy a juntar piezas de nuevo. Necesito que encajen. Siempre. Incluso cuando no quieren hacerlo. Tu pulmón izquierdo hace más ruido que tu corazón derecho que, avizor, espera la incesante caída de Sísifo. Como una lombriz que se retuerce de forma errática, condenada a solo saber parar cuando debe bailar. Tus sonidos ya no me curan.

I see darkness.

Veo morir a todo el mundo antes de tiempo. Después del primer apretón de manos -ese que lo determina todo-, ya estoy pensando en el color del que se tornará tu piel cuando la sangre no corra por debajo de ella. Y ahora que lo pienso, estar vivo no te sienta bien. Lidias mal con todo y le tienes pánico a la inestabilidad. Y yo te digo: no hay nada más estable que un foso; a no ser que vivas en Nueva Orleans que no es el caso y aquí tornados tampoco hay. Qué miedo cadáveres volando. Y más el tuyo. Mal augurio asegurado. Un día de estos tienes que confirmarme que te gustan las margaritas y los tulipanes. Que con ese aire de optimista elitista de mierda que llevas, seguro que son tus flores favoritas. La gente que se incinera me cae bien. Suficiente explotación laboral sufren los descomponedores primarios ya. Y la tierra no necesita más mierda, así que podría ser una buena opción en tu caso. Y las cenizas por e...

Cheers

Tus palabras hierven y se van como vapor, mientras tanto, yo sigo intentando cogerlas con las manos desnudas y ardiendo por el mero placer que reside en reproducirlas cuando ya ni tú creas en ellas. Considérame enemiga hasta que hagas un movimiento arriesgado, una nota, en lo aparente, vacía, pero que resuelve la tensión mejor que yo. También a ti te llegará el momento de decidir entre lo fácil y lo real. Yo voy a quedarme esperando un rato más, aunque no sé muy bien en qué lugar me deja eso.

Orquídea

No me brillan las luces, no importa cuánto las espere, la única pausa relevante es la que anticipa la carne rasgada, la lágrima pesada, la última llamada. Dicen que algo habita los mares, que acecha, que medita sobre las posibles formas de acabar con las esencias de las cosas, con destruir para crear, y que, cada vez que frota sus manos entre sí, un volcán en Hawaii le da la vuelta a la almohada. Hay algo bonito entre tus sábanas frías, en tu condena absolutista en la que, a la vez, eres poder y súbdito. Hay algo cancerígeno en tu forma de mirar. Hay cosas por decir que nadan y se ahogan, entre ron y Coca-Cola, que se disipan y diluyen como la hiel entre gotas de sangre. Quiero ser ponzoña y quiero ser antídoto, quiero vivir para siempre entre tus sienes, germinar y crecer hasta que se me pierdan las falanges entre basura galáctica y tu doble dosis de esperanza. Me reduzco y acabo siendo poesía en tiempos de guerra interna, como vinagre para el sediento q...

Melocotón

Todo el mundo sabe que estoy un poco muerta por dentro. Nací con un nombre raro, una enfermedad equivocada y con la cabeza muy grande en proporción con mi cuerpo. En el patio de mi guardería había una piscina que hacía esquina y que siempre estaba vacía, de agua porque al pasar de los quince grados se llenaba de lagartijas y no diré nombres, pero sé de alguien que conoces que ha digerido más de un reptil; el último día, recogí mi mochila -que era como un peluche de Garfield pero hueco como tú-, me fui al baño y tuve la suerte de perderme en una habitación con un piano enorme que no sabía tocar, pero si admirar, manchar y hacer sonar y bueno, casi estaba la policía en la puerta cuando me encontraron. Ese día hubo remolacha hervida para comer. Mi madre desempolvó su agenda para conseguirme una plaza en un colegio en el que la vida se me haría un poco más cuesta arriba de lo que espe...