domingo, 3 de septiembre de 2017

Oblivion.

La verdad es que a veces me olvido de admirar la calidez del instante. Es algo de lo que no me doy cuenta hasta meses -o años- después. Cuando ya es tarde. Cuando las gracias ya no se dan porque son muy de psicópata obsesiva. A lo mejor me va mejor si voy aceptando eso último como premisa para todo lo que pienso. Lo que pienso fuera de tiempo.

Ahora mismo me apetece recuperar tu hombro mientras Russel Crowe escribe ecuaciones en las ventanas, de fondo, creando atmósfera. Como si te hiciera falta. De vez en cuando te dejabas querer.

Me gusta hacer gala de muchas cosas. De mi capacidad para soportar enormes cantidades de dolor sin rozar umbrales críticos, de lo patosa que soy, de lo bonitos que tengo los pies o de los pocos miedos que me han tocado. Pero lo cierto es que soy una persona profundamente asustada.
Miedo a los lugares demasiado iluminados, miedo a los peces, miedo a los insectos, miedo a mí, miedo a lo que no puedo analizar, pero más que a nada: miedo a no recordar.
Más que las películas de Dolan me gustan las mías. A alguien tenían que gustarle. Reproducir recuerdos como si fueran diapositivas es uno de esos pequeños placeres que me hacen sentir culpable; pero si de otra cosa me puedo jactar, es de nunca olvidar los detalles. Los detalles que no importan como las canciones que ponías entre humo y cosas rojas.
He visto más de lo que se supone que debería ver, y sobrellevar imágenes pesa mucho más que la bola y la cadena.


No me mires mucho que soy efímera y me gasto. Como los libros manoseados que se caen a trozos por leerlos con demasiada avidez.

Olvídalo.

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