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Opio para el pueblo.

Desde que no duermo tengo demasiado tiempo para todo.
Demasiado tiempo para mirar al techo, demasiado tiempo para analizar cosas que están muy arraigadas en el pasado, demasiado tiempo para quejarme, demasiado tiempo para que me ardan los ojos a cada pestañeo y demasiado tiempo para beber vino.
La paradoja está en que todo lo que hago, lo hago a medias y ya sabéis lo mucho que el maestro Yoda detesta las medias tintas.
Volviendo a lo del vino, el otro día me bebí una copa tan despacio que para cuando terminé, estaba completa e irrevocablemente ebria. Lo que es la psique. Y lo que es hacer que te esperen mientras estás dos horas dando pequeños sorbitos y hablando del existencialismo sartriano. Qué kafkiano.
Me encanta divagar. Y más aún, me apasiona divagar en alto. Lo que pasa es que siempre que lo hago, siento la ceja izquierda de mi madre arqueándose al final del pasillo. A veces se inmiscuye en mis asuntos y -si no lo sabíais os lo cuento- no soporto que me interrumpan cuando hablo conmigo. En especial cuando son las tres de la mañana y solo sé llorar cual neonato.
Creo que no he superado mi infancia y Freud también lo cree. Aunque darme al etanol se me da muy bien. Como liar cigarrillos a la vez que veo mi existencia sumirse por un desagüe imaginario en dirección al Tártaro.
Supongo que estas cosas pasan. A mí me pasan.
Un café me sentaría bien. ¿Has hecho café?

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