viernes, 2 de diciembre de 2016

Sonata de otoño

Hoy estaba durmiendo y me desperté tres horas antes de lo normal.
No tengo una hora normal preestablecida en la que me despierto sí o sí, ya sabéis como soy con los horarios, pero vamos a dejar eso pendiente para un futuro debate.
El asunto es que estaba soñando cosas bonitas que quería que pasasen. No me preguntéis más, porque no me acuerdo. Sí sé que sería interesante que la positividad que irradiaba mi yo onírico se me contagiase un poco. Solo un poco.
Llegados a este punto, os doy por introducidos a mi atmósfera prematinal y, como veo que está de moda, os voy a hablar de la parálisis del sueño también conocida como "la vieja bruja", "fantasma en la cama" u "Ori Darko: vida y obra". Os digo que es curioso porque siempre intento relacionarlo todo con los guisantitos de Mendel y, en este caso, me están fallando. Los guisantes y Mendel. Los dos.
Mi madre es sonámbula.
Yo noctámbula, pero eso, de nuevo, lo dejamos como tesis para otra tertulia.
Desde un punto de vista infantil y simplista -oséase: mi punto de vista- el sonambulismo y las parálisis del sueño, son cosas opuestas. Así que la genética ha decidido ser graciosa. O a lo mejor esto no tiene nada que ver con que mi madre sea mi madre, pero me gusta mucho Bergman como para admitir lo contrario, de modo que todo este párrafo, os lo tomáis como premisa subjetiva.
Lo que no podéis dar por sentado es lo graciosa que está mi madre caminando dormida -la torpeza sí es un carácter hereditario-. Un día hizo las maletas y no se fue porque no encontraba el mechero. Mi madre siempre pierde los mecheros. Carácter hereditario.
Me gustaría ser sonámbula, los sonámbulos se mueven y hacen sus sueños realidad.
Yo me quedo quieta, con los pies fríos, mientras siento a Belcebú acercarse a mi nuca. Belcebú respira muy fuerte y está fuera de mi campo de visión. Ojalá pudiera verlo, siempre he querido saber cómo son sus pómulos.

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