domingo, 22 de junio de 2014

Cortinas de hierro.

Las tijeras. Afiladas. Desprendían un brillo morboso que llamaba a mis manos como un cántico de sirenas a una tripulación cualquiera perdida en el gran azul.

El óxido. El calor. La sangre. Manaban sin cesar de la misma y caótica cicatriz.
Era imperceptible, era hermoso. Eran todos los resquicios de mi fuerza restante condensados en un punto y final. Un punto grueso. Líquido. Húmedo. De los que rasgan el papel. El punto que une lo que hay delante y detrás del telón.

El hilo que levanta el tupido velo entre las dos antagonistas por excelencia. La que sangra y respira y la que no puede sentir: la vacía y la oscura. El día y la noche. La vida y la muerte. El latido y el silencio. La cárcel y la vía de escape.

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