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Quiero que me abras todas las venas, y que vayas, lentamente, vaciándome. Líbrame de la oscuridad a la que me has condenado. Quiero que me arranques el alma, déjame sola. Líbrame de la oscuridad a la que me he encadenado. Quiero desaparecer. Huir, sácame de aquí. Líbrame de todo lo que me has dado. Gota a gota.

Bermellón.

Había sido una actuación sublime; tanto que los aplausos y los vítores me perseguían mientras caminaba a un paso lento en dirección a casa. Hacía frío. Bastante. Pero no era un frío húmedo y tedioso, era un frío agradable. Desafortunadamente, aquella tonificante sensación me fue prematuramente arrebatada por el mundano calor de mi morada. Lo cotidiano suscitaba un odio tan intenso en mí… Me quité la ropa y me dirigí al baño; allí estaba mi última obra. Al encender la luz, me quedé sorprendido por la bella y primitiva combinación de colores y, sin más, continué descuartizando aquel cuerpo.

Catalepsia.

El brillo que desprendían aquellas cuchillas era de lo más insólito. Tentadoras, como el cántico de una sirena. Morbosas, como la satírica mente de Oscar Wilde. Y yo, heme aquí, susceptible y presa fácil para las inquietudes de mi conciencia. La gravedad de mi propio masoquismo agarró, con dos temblorosos dedos, una de aquellas finas hojas de muerte. Fría, como mi alma, si es que acaso poseía una. La autocompasión también estaba incluida en mi amplio espectro emocional. Una gota de sangre cayó en el aséptico suelo del baño; el contraste era sublime. El oxidado sonido de la tostadora me sacó de golpe de mis caóticas ensoñaciones y, sin más, continué preparando el desayuno.

Emptiness.

Rabia. Nunca había escrito con rabia. Francamente, creo que yo misma me había aclimatado a dejarme inspirar solo por el desencanto -y sus consecuentes derivaciones emocionales-. Pero la rabia es algo nuevo. Lo cierto es que es una sensación sobrecogedora. Siento la mirada de Descartes fija en mi espalda por apologizar a Psique; me importa un comino. No sé ni por qué sigo escribiendo. Bueno, quizá sí... Estoy tecleando para manifestar mi más intenso odio a todo lo que me rodea. Lo cotidiano solo suscita una enorme bola de negatividad con la que tengo que lidiar cada noche. Y cada noche es más grande. Ahora la rabia se ha transformado en ira. Genial, estoy pecando. Lástima que Dios sea persona non grata en mi hipotálamo. La ira y la rabia son subversivas. Sacan lo mejor de mí; se llevan mi debilidad. Quieren ser ventiscas y ya son huracanes . Y, definitivamente, no sé qué siento. Me he perdido a m...

Same old thing.

Buenos días, ¿sabéis qué? Todo sigue siendo un enorme montón de mierda. Cada vez creo más perfiles y cada vez hay más gente a mi alrededor que se emplea a fondo para traspasar mis muros y romper mis esquemas. La libertad se quedó con la ignorancia, sumida en el más oscuro de los fosos mientras la propia imposición de unos valores ajenos a mí me corroe como ácido a algodón. Necesito más de lo que tengo, quiero más de lo que necesito. No voy a mentiros, por una vez seré sincera. Sigo tocada y hundida; sigo encajada en las condiciones de ayer. Sacadme de aquí.

Everything is lost.

Ha dejado de tener sentido. Ya no hay motivos para despertar; no me importa qué hora es, ni en qué día vivo. Ni siquiera me he parado a pensar en lo poco que falta para la avalancha de cambios. Tan solo disfruto de la calma antes de la tormenta. Y duermo, duermo mucho; entendedme, no quiero pensar. Mi almohada está empapada a tiempo completo porque me despierto más vacía de lo que me acuesto; Morfeo ignora mis plegarias. Ya no creo en nada en lo que solía creer. Perdí mi norte mientras las nubes nacían. Y perdí mi sur cuando el cielo empezó a llorar. Ahora espero a los rayos; con un poco de suerte, quizá, y solo quizá, me ayuden a perder mi propia mente.

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Creo que, definitivamente, he perdido la catártica capacidad de abstraerme sobre un folio en blanco. Me he dejado dominar por mi propia subjetividad, mostrando partes de mi propio psique que solo quería ocultar. Y ni siquiera tuve la oportunidad de oponer un mínimo de resistencia. ¡Qué grandes me van esos pantalones! En especial cuando es la debilidad, y no la fortaleza, la que determina hasta el último detalle de mi ser. Hay nubes de tormenta aparcadas sobre mis ojos a tiempo completo... Intentaré que la tinta no se corra. En realidad no paro de reírme. No tenéis ni idea de lo estúpido -y a la vez inteligente-, que es llenar folios y folios de decadencia cohesionada para expresar siempre el ruidoso y fatídico desengaño que me rodea. Pero, tranquilos, no tratéis de recomponerme: no estoy rota. Tan solo erosionada por la puta mierda de existencia que un despiadado destino o Dios ha escrito para mí. Quizá re...

Anywhere.

El silencio se rompe y los aplausos inundan la sala; no caigas en la trampa, no suenan por ti. No te soportan. Sus manos chocan, orgullosas, por tus interminables y erráticos fallos. ¡Como si me importara! Pero siguen siendo sus carcajadas las que navegan en el aire, y tus lágrimas las que se hunden en él. Las butacas se vacían y las luces son devoradas por la oscuridad, como si fueran las notas finales de un nocturno de Chopin, sumergidas en un dacapo interminable. "No vale la pena", te dices. "Baja de tu maldito pedestal". Y me voy del escenario saliendo a la fría e incesante lluvia. Ella por lo menos emite una melodía armónica. Los violines me persiguen, guiándome a ninguna parte, mientras los contrabajos marcan el ritmo de mis pasos, inexorablemente. Espero un disparo, una palabra, mientras camino sin rumbo en busca de un final infeliz.

Cortinas de hierro.

Las tijeras. Afiladas. Desprendían un brillo morboso que llamaba a mis manos como un cántico de sirenas a una tripulación cualquiera perdida en el gran azul. El óxido. El calor. La sangre. Manaban sin cesar de la misma y caótica cicatriz. Era imperceptible, era hermoso. Eran todos los resquicios de mi fuerza restante condensados en un punto y final. Un punto grueso. Líquido. Húmedo. De los que rasgan el papel. El punto que une lo que hay delante y detrás del telón. El hilo que levanta el tupido velo entre las dos antagonistas por excelencia. La que sangra y respira y la que no puede sentir: la vacía y la oscura. El día y la noche. La vida y la muerte. El latido y el silencio. La cárcel y la vía de escape.

Metamorfosis.

Todo avanza tan sumamente deprisa que me asusta. Tengo miedo a cualquier cambio de variables. Al mínimo giro de acontecimientos. A cualquier desajuste. Los cambios siempre provocan más cambios.  Si la temperatura varía, el sistema se ve afectado. Y parece ser que esta es la palabra central "cambio", y sus consecuentes derivaciones léxicas. Todos cambian y evolucionan, y yo sigo aquí; con mis contras. Pero no me malinterpretéis, sigo estando a favor de Darwin; el problema es que considero que he llegado a un punto en el que mi propia mente ha adquirido todos los mecanismos esenciales para desarrollar eso a lo que llaman "pensamientos". Y me da miedo tener el arma de pensar. A veces, estar encadenado es mejor que estar libre. Y yo no quiero desencadenarme de mi propia niñez. No quiero pudrirme en ese mundo de "mayores" al que todos queréis pertenecer.  Prefiero ver cómo las flores de papel crecen en las paredes de mi ático lluvioso. Loca para alguno...

Rather be dead than cold.

Es, cuanto menos, odioso que toda tu vida se resuma en las mismas, caóticas y pequeñas catástrofes psíquicas.  Y digo "psíquicas", por no decir "ajenas".  Odioso porque, simple y llanamente, a la mínima que ofreces una mano, una relativa minoría reducida de lobos devoran tu brazo. Transformando tu propia confianza en meras cenizas. Y, odioso también porque, ante el menor símbolo de alarma, aparece una nueva odisea de la que tienes que defenderte.  Sino es por A, es por B. Por desgracia, yo ya he llegado a mi Z. 

We are the shadows screaming take us now.

Es difícil.  Es difícil que tu propia conciencia vaya en contra de tu, ya de por sí, inestable psique.  Y es por cobardía, por lo que mi mente no toma ese "camino fácil" que a todo ser humano le parece un acto deplorable opuesto a la propia integridad de la moral universal. Por cobardía no me enfrento a la propia cobardía. Por miedo. Por culpa de ese sonido alarmante que, al igual que tus propios demonios, se manifiesta cuando tratas de poner un punto, cuando tratas de acabar una línea...

Hurt.

"Te destruí, te destruí sin ningún derecho.  Nadie puede destruir lo que no es suyo".

Tan placentero como gritar sin que nadie te oiga.

Duele. ¿Cuántas veces habré hablado sobre este tema? Quizá -y siguiendo el usual modelo de mi hiperbólica expresión-, hasta miles. Pero, es que, querido mundo, querido Karma, querido destino, querido "Dios sabe qué"; no paras de repetirte.  Una y otra vez, siguiendo el mismo patrón erráticamente acumulativo.  Y yo, sencilla y llanamente, he empezado a cansarme de tu repugnante círculo vicioso lleno de casualidades más bien poco casuales.

Life's for the living, so live it... Or you'd better off dead.

Dicen que la vida es para los vivos. Y, como era de esperar, llego yo con mis eternas, inagotables e incontestables preguntas. ¿Qué es lo que se entiende por estar vivo? ¿Y por vivir? ¿Sinonimia?  Barajamos dos hipótesis, como de costumbre: -La primera, y la que defiende la igualdad de ambos términos, esto supondría que... ¿Qué diantres? ¿Desde cuándo la homogeneidad da algo que suponer?  La estabilidad de lo regular -y, sí, de lo fácil-, siempre me ha parecido vehementemente aburrida. Lo que me lleva... -Y la segunda opción, -y la que, como es obvio, yo secundo-, es que son ideas diferentes, incluso opuestas; antonímicas. Rivales, por así decirlo.  "Ni todos los que viven están vivos, ni todos los vivos vivimos".